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La convención

  • Foto del escritor: Eliana Isabel
    Eliana Isabel
  • 29 jul 2020
  • 3 Min. de lectura

El vuelo aterrizó con un considerable retraso; la delegación estaba nerviosa porque la convención ya había iniciado en la sede. El líder del grupo se apresuró a marcar a la oficina en Perú para pedir que avisaran, por vía oficial, que la representación peruana llegaría a la discusión un poco tarde.

Naturalmente, el equipo en la oficina central ardía en desesperación porque del éxito de esa convención dependía que el país obtuviera votos para el asiento que estaba en juego, en aquel prestigioso organismo internacional. “¡No me importa lo que debas hacer! Llegas a esa reunión, votas y sacas esa tarea a como dé lugar!”, gritó por teléfono su superior.

En camino, Gery llenó su cabeza de sombríos escenarios; desde hace años, tenía el sueño de ser ascendido, pues su condición de agregado comercial, durante tanto tiempo, le estaba generando una dura sensación de estancamiento. Sus mejores amigos eran personas prósperas: con buenos trabajos y con familia; en cambio, él estaba solo y frecuentemente sentía que sus mejores años los estaba desperdiciando en una carrera poco clara.



"¡Aquí, es aquí!¡Pare!" gritó el equipo de Gery al unísono cuando notaron que habían llegado a la sede de la convención. Bajaron del taxi a prisa, y sacaron la carta credencial oficial para poder entrar al recinto:

-Buen día, somos la delegación del Perú que viene a esta convención.

-Ok, siga el protocolo de sanitización: coloquen gel antibacterial, tómense allá la temperatura, limpien su calzado y pónganse el traje de plástico ultradelgado al fondo.

Gery y el equipo iniciaron el ritual COVID-19. Habían pasado ya diez años desde el brote inicial de aquel extraño virus, que obligó a casi toda la humanidad a encerrarse en sus casas, para evitar un rápido contagio. Muchos murieron desde entonces, pero luego de haber hallado una vacuna las cosas volvieron a estar bajo control. Sin embargo, la máxima organización internacional de salud sugirió que el protocolo de seguridad sanitaria no se abandonara, pues el comportamiento del virus indicaba que con una sola vacuna no bastaba para pensar que la vida de antes podía volver. Una nueva normalidad se instaló formalmente.


“¡Mierda! Este traje no es de mi talla”, pensó Gery, mientras luchaba por subir el aditamento a su cintura. Los demás miembros de la delegación que le acompañaban ya estaban listos con sus trajes bien puestos y ajustados, pero Gery seguía intentando terminar de vestirlo.

-Ehm Gery, ya tenemos que entrar; las votaciones iniciarán y no sabemos cómo van las discusiones.

-Está bien, entren a la sala. No me tardo.


Los tres miembros se incorporaron a la discusión de la convención, mientras Gery furioso se dirigió a la entrada para pedir un traje adecuado. “¿Oiga, no ve que soy muy alto y robusto?, deme un traje de mi talla, ahora”, gritó Gery al guardia, al tiempo que intentaba no llorar por la desesperación que le causaba saber que esa convención era la llave para, quizá, tener una vida mejor. “Tus amigos te tienen lástima, eres una pena, tomas las peores decisiones”, eran las frases que escuchaba una y otra vez en su cabeza, desde que bajó de aquel avión.


Cuando por fin estuvo listo para entrar a la sala, su celular vibró: “hijo, vi en las noticias que hoy el Perú hará historia por la firma de un tratado internacional y te mencionaron, me puse muy feliz por ti. No sabes lo orgullosos que estamos de ti, tu padre y yo. Te mandamos muchos abrazos y besos. Que todo salga bien; ojalá te acuerdes de nosotros”. El corazón le saltó de dicha; tal vez esa no sería la ocasión que tanto esperaba, pero la cercanía de su familia en ese momento le devolvió la fuerza que la ansiedad cotidiana le había estado robando.

@ElianaRrIi

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