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Distonía de domingo

  • Foto del escritor: Eliana Isabel
    Eliana Isabel
  • 14 jul 2020
  • 4 Min. de lectura

¿Ya te vas? Preguntó la chica, todavía un poco mareada por la resaca de la noche anterior. “Sí, debo hacer unos trámites y quiero aprovechar el día; luego te llamo”—contestó el chico, quien apenas volteó a verla mientras hablaba y hasta que salió de su habitación, de su departamento y de su vida.

“Uno más a la lista”, pensó Sirenia. En ese momento un torrente de lágrimas brotó de sus ojos, pero era esa sensación que desde hace tiempo conocía, en el fondo de su pecho: un terrible sentimiento de soledad y de ilusiones rotas. “Es mi culpa, debe serlo; sólo yo puedo creer que puedo encontrar al amor de mi vida una vez al mes”— se repetía una y otra vez, mientras se preparaba algo de desayunar.


Era un domingo a mediodía; el peor escenario para sentarse a reflexionar sobre quiénes somos y a dónde vamos. Sirenia subió a tender su ropa y, al terminar, se sentó a fumar un cigarrillo; intentó recordar qué había pasado la noche anterior y apostó que X (el chico que pasó la noche con ella) no volvería a contactarla jamás.


“¿Dónde estás? Vamos por un café”, fue el whats que recibió en ese momento de parte de uno de sus mejores amigos. La cabeza le dio vueltas y refunfuñó: “¿en domingo? ¿Es en serio? Tengo que prepararme física y mentalmente para otro lunes”. Pero era Gabriel, ¡su confidente! Pintaba para ser la mejor oportunidad de desahogarse y contarle sobre su one night stand, que había sido tan bueno como fugaz.


“Va, te veo donde siempre y procura sentarte en la misma mesita”, contestó al mensaje de Gabriel. A pesar de caminar con la rapidez que un dolor de cabeza permite, Sirenia sintió una fuerza peculiar para ducharse, arreglarse y salir al encuentro de su amigo. Se sentía rota por dentro, pero la gente no tiene por qué tragarse una mala cara, pensó.


De camino a la cafetería, Sirenia fue vencida por el sueño; recargó su cabeza en la ventana del vagón y empezó a visualizar imágenes sobre el bar del sábado anterior. “Oye, qué guapa estás, me llamo X –ni en sueños recordaba el nombre del sujeto— vamos por una chela” recordó que así había conocido a su compañía de esa noche. Luego, como en esas pesadillas inconexas, se vio frente a un espejo y su reflejo comenzó a reclamarle: ¿Por qué nos haces esto? La vida es más, ¡despierta! En ese instante, sintió que caía en un vacío y despertó súbitamente.

“Oiga señorita, es la última estación de la línea, si no se baja los inspectores pueden multarla si se queda en el vagón”, le dijo una chida vendedora ambulante a Sirenia, mientras la movía del hombro para que despertara. La chica se levantó de un saltó y salió corriendo.


Se le había hecho muy tarde para llegar a la cafetería, así que llamó a Gabriel para disculparse y regresó a su departamento. El sueño o pesadilla que había tenido la dejó pensando el resto de la tarde.


¿Por qué actúo así? ¿Así cómo?, se cuestionó Sirenia. Iba absorta en sus reflexiones, cuando un repartidor de volantes la trajo a la realidad, al colocar casi frente a su cara una pieza de publicidad: “EXPO novias: todo para tu boda, sé la novia más feliz”, rezaba el anuncio. “Perfecto, justo lo que necesito, más ilusiones bobas”, murmuró la chica mientras seguía su camino.


Pero no lo pudo evitar, y por un instante se imaginó vestida con un reluciente vestido de novia. Cruzó la calle, en medio de un tumulto de personas, pero imaginó que caminaba directo hacia el altar. “Bueno, ¿y la víctima?”, pensó y esbozó una sonrisa burlona. Un hombre que iba pasando a su lado creyó que Sirenia le sonreía a él, por lo que éste fijó su mirada en ella para buscar un contacto visual. No lo logró. Sirenia estaba demasiado concentrada en luchar contra el pensamiento que la asolaba últimamente: “quiero que un hombre me quiera, pero no quiero que mi vida se vaya en ello, ‘porque la vida es más’”, recordó la frase que su reflejo le gritó en sueños.


Sirenia se disponía a entrar al Metrobús cuando, de pronto, un chico la llamó por su nombre:

-Hey, Sirenia, ¿verdad?

Ella de inmediato lo reconoció; era el supuesto amor de su vida, a quien había conocido en el bar del sábado: ¡Hey sí! –intentó disimular que no recordaba su nombre.

- “Vaya coincidencia, justo iba para tu departamento, pero no te avisé porque quería darte una sorpresa, sé que en la mañana me fui muy rápido, y quería compensarlo; ¿te gustaría ir a cenar o algo?” preguntó el hombre sin nombre.


Sirenia no entendía qué estaba pasando, ¿qué broma es ésta? Nunca había vivido algo así; que un chico fuera a buscarla y, por desgracia, no recordar su nombre. “Vaya suerte”, pensó.

-Ehm, sí ¿por qué no?, vamos. Titubeó un poco.


Ambos se dirigieron a un pequeño restaurante cercano, pero ninguno pronunció palabra alguna en un par de minutos. De pronto, el chico detuvo su paso; tomó a Sirenia por la cintura y la abrazó fuertemente. Ella no entendía nada, ¿qué está pasando? ¿me quedé dormida otra vez?


Sirenia respondió al abrazo, y rodeó el cuerpo del joven con sus brazos; el tiempo se detuvo con ese gesto, que tuvo el efecto de mil analgésicos. Muchas preguntas más surgieron en su mente, pero ninguna valió tanto la pena como para interrumpir aquella cura inesperada.



@ElianaRrIi

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