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Uno de mis por qués

  • Foto del escritor: Eliana Isabel
    Eliana Isabel
  • 29 may 2020
  • 6 Min. de lectura

Escribí sobre lo que significa para mí uno de los Centros Públicos de Investigación del Conacyt: el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).


Desde hace tiempo, el presupuesto dedicado a la ciencia y la tecnología en México ha sido un tema debatido; en particular, los recursos destinados a los llamados Centros Públicos de Investigación. La necesidad de continuar invirtiendo en ellos, en lugar de pensar en su posible extinción, ha hecho que muchos pensemos en el impacto que han tenido estos espacios de conocimiento en nuestras vidas.


Por ello, presento una reflexión sobre cómo conocí uno de esos CPI y cómo marcó mi vida y la seguirá marcando en adelante.


Detonante de sueños e impulsor para conquistar metas: lo que el CIDE representa para mí

Todavía lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Supe de la existencia del CIDE una tarde que fui a mi facultad para terminar los trámites administrativos que me permitirían presentar mi examen profesional, y convertirme en Licenciada en Relaciones Internacionales. En la sala de espera de la Coordinación, en la mesa de centro, se encontraba un folleto que promocionaba uno de los posgrados de este Centro Público de Investigación: la Maestría en Administración y Políticas Públicas, un programa de posgrado de calidad internacional, según el Padrón Nacional de Posgrados de Calidad (PNPC) del Conacyt.


Desde que terminé los créditos de mi plan de estudios de licenciatura, me di a la tarea de buscar trabajo, pues me había puesto como objetivo iniciar la búsqueda de empleo una vez que terminara de redactar mi tesis. No quise arriesgar la postergación de mi titulación por querer encontrar trabajo; afortunadamente, mis padres estuvieron de acuerdo con ello y me apoyaron económicamente para que escribiera mi trabajo de titulación sin aportar dinero al hogar. No obstante, mi sueño era titularme, hallar un buen trabajo y empezar a retribuirles algo de lo mucho que dieron e hicieron por mí, durante todos mis años como estudiante.


Cuando empecé a revisar bolsas de trabajo e ir a entrevistas, una sensación de vacío me invadió por dos cuestiones principales: una tuvo que ver que ninguna de las vacantes tenía una relación directa con lo que había estudiado; y la otra, con el bajísimo salario que ofrecían. Al hacer cuentas, el sueldo neto apenas cubría gastos de pasajes y algo de comida. Busqué orientación con mis amigos de generación, al respecto; y casi todos coincidían en que debíamos aguantar un primer trabajo ajeno a las RRII y mal pagado, pues el objetivo era crear experiencia laboral que respaldara nuestro CV. En un futuro, algo mejor vendría.


Sin embargo, no pude contra el sentimiento de frustración que me podría causar un puesto precario. Pensaba que no me había esforzado tanto, durante tanto tiempo y haber contado con el sacrificio de mis padres, para aceptar un trabajo mal pagado. Fue entonces cuando recordé el folleto que vi sobre la mesa, aquel día en la facultad; si no podía acceder a un trabajo digno, podría continuar estudiando el campo que amo –las políticas públicas–, sin significar un gasto adicional al bolsillo de mis padres y con beca completa del Conacyt.


Solo contaba con un par de semanas para juntar toda la documentación y postular al posgrado de la MAPP en el CIDE. A unos días de que cerrara la convocatoria, logré recopilar lo necesario y llevarlos a la oficina de admisiones del Centro. Aquel día conocí el CIDE. Y fue toda una aventura, pues mi trayecto inició en un municipio del Estado de México –Nezahualcóyotl– y terminó a una orilla de la Carretera México-Toluca, en Santa Fe. Literalmente, crucé la Ciudad de México.


Finalmente, después de exámenes de admisión y un desafiante curso propedéutico, acompañada de personas en extremo talentosas (compañeros y profesores), fui aceptada para ser parte de la MAPP generación 2016-2018. Admito que inicié esa etapa de mi vida con mucha emoción, pero también con algo de temor, pues desde que inicia el proceso de admisión existe un constante reto intelectual interno. Pero lo verdaderamente importante era que ya estaba adentro, y había que darlo todo.


El primer año de la Maestría fue quizá el periodo más extenuante de mi formación, no solo como estudiante, sino como ser humano: experimenté frustración, miedo, soledad, pero también conocí mucho el compañerismo, la solidaridad, la amistad y un gran profesionalismo y compromiso para actuar en beneficio de la sociedad. Mis compañeros de generación, sin excepción, fueron un gran ejemplo de esfuerzo constante, de compromiso con causa. Mis profesores siempre fueron un aliciente para no rendirme, porque, durante clases, solía imaginar y prometerme que esa formación que estaba recibiendo sería para incidir positivamente en lo que estaba pasando afuera, es decir, en el campo donde se toman las decisiones y se ven los efectos de éstas.


El segundo año fue un poco distinto porque, ya con la experiencia y la fortaleza que da el primero, enfrenté los retos del segundo con nuevas herramientas y una distinta actitud. El CIDE eso enseña: ser tenaz y comprometida. Me atrevo a decir que toda mi generación asumió el segundo año con nuevos bríos, porque cada uno de nosotros emprendió su propia investigación para realizar el trabajo que nos permitiría graduarnos del posgrado. A pesar de que cada compañera y compañero manejó temas diversos, nos logramos conformar como una generación muy unida; todos contábamos con todos para resolver dudas y para retroalimentar nuestras investigaciones de forma constructiva. El CIDE también enseña esto: un fuerte sentido de comunidad y ayuda mutua.


Una vez que egresó la generación MAPP 2016-2018, poco a poco cada uno de nosotros ha ido encontrando su propio nicho de empleo. En lo que todos hemos coincidido es que el CIDE, definitivamente, abre puertas; por lo que le hace un verdadero impulsor de movilidad social. Es tal la calidad de la formación académica que los empleadores de todos los sectores, tienen en alta estima el capital humano formado por este Centro Público de Investigación (CPI).


Y noté la diferencia, respecto a lo que viví cuando egresé de la licenciatura. En esta ocasión, darme a conocer como egresada de un posgrado del CIDE, me ha permitido acceder a muy buenas ofertas de trabajo, vinculadas con lo que estudié y con buenos sueldos.


A los egresados del CIDE nos enseñan a trabajar, a colaborar, a investigar, a analizar alternativas y eso, en el mercado laboral, se sabe y se valora muy bien.

Es por ello que, para mí, el CIDE ha sido y es un detonante de sueños y el que me ha permitido conquistar algunas de las metas que me propuse tiempo atrás, como el de tener un empleo que me haga feliz y me retribuya de forma justa. El CIDE es una institución que admiro y que tengo en alta estima no solo por lo que me ha ayudado a lograr materialmente, sino por los valores que me inculcó, por haberme ayudado a conocer mejor mi potencial y por haberme acercado a personas maravillosas que, como yo, están interesadas en conocer e involucrarse en los asuntos de este país.


Desde el bachillerato hasta el posgrado, he sido beneficiada por el sistema educativo público, es decir, le debo gran parte de mi educación al conjunto de contribuyentes mexicanos. En este sentido, apelo a nuestra sociedad para que defienda la importancia de seguir sustentando al sector de ciencia y tecnología de México. Los Centros Públicos de Investigación del Conacyt, como lo es el CIDE, y las escuelas y universidades públicas dependen del presupuesto federal para funcionar.


Si bien el contexto actual, marcado por la pandemia ocasionada por el virus SARS COV2, exige atención económica urgente, no puede ser posible que el drenaje de un 75 % del gasto operativo de la APF –incluidos los CPI– sea considerado como una alternativa viable para paliar los estragos de la contingencia sanitaria. En las conferencias matutinas y vespertinas ha quedado claro que la ciencia y la tecnología son pilares para combatir el avance del COVID-19, entonces, ¿por qué ahorcar a un sector de la APF de esa manera, si de él dependen en cierto modo nuestras vidas?


Las labores de la ciencia en su conjunto y la tecnología en México, encabezados por el Conacyt, merecen ser reconocidas no solo discursivamente, pues detrás –o a un lado, si así se quiere ver– de los datos, de la información, de los hallazgos y de los avances tecnológicos desarrollados y presentados antes y durante la actual emergencia de salud, se encuentran miles de científicas y científicos, investigadores e investigadoras que trabajan incansablemente, y por lo que reciben un sueldo para sostener a sus respectivas familias.


Ellos, como todos nosotros, tenemos necesidades básicas que cubrir, a partir del trabajo que, por fortuna, aún tenemos. Un recorte monumental de recursos a la ciencia y su infraestructura nos pone en peligro a la sociedad entera.


Sería deseable que el presidente de la República reflexione, y nuestros representantes en el Legislativo hagan lo propio para discutir con mayor visión los alcances de las decisiones del poder Ejecutivo, y actúen como el contrapeso que son.


Este escrito fue publicado también en el blog #VocesCideítas, una iniciativa de estudiantes del CIDE, como una necesidad de expresar cómo los recursos públicos destinados a la CyT benefician en muchos sentidos a nuestro país y su población. Aquí el link: https://medium.com/@vocescideitas/detonante-de-sue%C3%B1os-e-impulsor-para-conquistar-metas-lo-que-el-cide-representa-para-m%C3%AD-1bf7bfb1ebd1


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